
Sólo tiene un kilómetro y medio, y eso le basta para que la vida fluya por ella durante 24 horas. Así, para ver la Gran Vía de Madrid vacía sólo podemos recurrir a la imaginación o al cine de Amenábar o a las pinturas de Antonio López…
Cuando llegué a Madrid caminé por la Gran Vía y supe que esta calle iba a formar parte de mi vida. Era, y es, un constante ir y venir de transeúntes, del que anda despacio, del que casi corre sin darse cuenta, del que entra y sale de tienda en tienda y de bar en bar, y del que se asombra al admirar los edificios que conforman esta magnífica calle. La Gran Vía es todo eso y más. Es pasear por ella, mirar a la gente, observar cómo discurre el tráfico, ir de compras, recorrerla todos los años en el día del Orgullo, asistir a alguno de sus múltiples espectáculos, reunirme con mis compañeros y compañeras del Partido Socialista de Madrid en el Palacio de la Prensa de Callao, tomarse una copa en el Chicote... De día o de noche siempre hay algo que hacer y de lo que aprender.
La Gran Vía ha vivido 100 años intensos y conocidos, pero hay otra historia, la de aquellas mujeres y hombres que viven, trabajan o simplemente transitan por ella. Mi homenaje es para toda esa ciudadanía que vive la Gran Vía como hay que vivirla, viviéndola, y sin cuyas vivencias esta gran calle de Madrid no existiría tal cual la conocemos.
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